Francia colonial al acecho
Mali, una clave para entender el nuevo momento del Sahel
El asesinato del ministro de Defensa expone un escenario marcado por disputas territoriales, intervención de potencias extranjeras y articulaciones regionales en el Sahel, en un país con una historia central en la construcción de formas políticas propias en África occidental.
El ministro de Defensa de Malí, el general Sadio Camara, murió en un asalto a su residencia en la ciudad de Kati el pasado 25 de abril. Dicho atentado formó parte de una serie de ataques coordinados contra instalaciones militares en todo el país, según confirmó un portavoz del gobierno maliense. Hombres armados del Frente de Liberación de Azawad (FLA) y el grupo yihadista JNIM (asociado de Al Qaeda en el Sahel) atacaron objetivos militares y de infraestructura en la capital, Bamako, en Gao y Kidal en el norte y Sévaré en el centro.
La capacidad operativa demostrada por los grupos armados que se adjudicaron los atentados, con niveles crecientes de coordinación, acceso a recursos logísticos y armamento sofisticado, alimenta una hipótesis sobre entrenamiento y financiamiento externo. En ese marco, la violencia deja de ser únicamente un problema de seguridad interna y pasa a ser parte de una disputa más amplia.
El Sahel se ha transformado en uno de los principales escenarios de reordenamiento geopolítico a escala global. Durante años la intervención de Francia y el despliegue militar de Estados Unidos marcaron el ritmo de la seguridad regional. Este esquema entró en crisis con la llegada de gobiernos nacionalistas, los cuales comenzaron a cuestionar la presencia de fuerzas extranjeras y el condicionamiento de su soberanía, abriendo una nueva etapa para la región.
En 2024, los gobiernos de Mali, Burkina Faso y Níger, impulsaron un bloque político y militar propio por fuera de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO) alineada con los intereses de la antigua potencia colonial. Así nació la Alianza de Estados del Sahel (AES), que busca redefinir las reglas del juego para sus países. La apuesta es construir una arquitectura de seguridad regional autónoma y desplazar la centralidad de las potencias occidentales. Pero ese proceso está ocurriendo, como era de esperarse, con los avances y retrocesos propios de una región con muchos intereses, e interesados, en juego. La intensificación de los ataques armados financiados por las potencias desplazadas, aparece en este punto, como un factor que tensiona ese proyecto y que pone a prueba su viabilidad en el corto plazo.