VELOCIDADES

La paradoja de la velocidad: correr más en la ruta casi nunca te hace llegar mucho antes y sí multiplica el riesgo

Estudios y cálculos físicos demuestran que aumentar la velocidad reduce cada vez menos el tiempo de viaje, mientras crecen de forma exponencial las distancias de frenado, la energía del impacto y la probabilidad de lesiones graves o muertes.

“Despacio que tengo prisa” es una frase popular que, lejos de ser solo un consejo de abuela, tiene un fuerte respaldo matemático cuando se aplica a la conducción. Aunque acelerar parezca la forma más directa de recuperar minutos perdidos, los números muestran que el beneficio real suele ser mucho menor de lo que se imagina.

Si un trayecto es de 10 kilómetros, pasar de 10 a 20 km/h reduce el viaje de una hora a media hora. El ahorro es importante. Sin embargo, a medida que se sigue aumentando la velocidad, la diferencia empieza a achicarse: de 20 a 30 km/h se ganan apenas 10 minutos; de 30 a 40 km/h, solo 5. El patrón se repite: cada incremento de velocidad ofrece menos tiempo de ventaja.

Y eso es en condiciones ideales. En la vida real intervienen semáforos, tránsito, clima, obras y demoras imprevistas que reducen todavía más ese supuesto beneficio. Muchas veces, la diferencia final entre circular a 100 o 120 km/h puede ser apenas de unos pocos minutos.

Mientras el ahorro de tiempo decrece, el riesgo hace exactamente lo contrario.

A mayor velocidad, el conductor dispone de menos tiempo para reaccionar y el vehículo necesita más metros para detenerse. Datos de seguridad vial indican que a 40 km/h un auto puede frenar completamente en poco más de 25 metros; a 80 km/h esa distancia supera los 100 metros; y a 110 km/h se extiende mucho más. Es decir, casi una cuadra recorrida sin posibilidad de evitar el obstáculo.

El problema se agrava por una cuestión física: la energía cinética. Esta energía depende de la masa y, sobre todo, del cuadrado de la velocidad. En términos simples, si se duplica la velocidad, la fuerza del impacto no se duplica: se cuadruplica. Por eso los choques a alta velocidad suelen tener consecuencias mucho más graves.

Las estadísticas sobre peatones lo confirman. A unos 30 km/h, el riesgo de muerte ronda el 5%. Cerca de 60 km/h, esa probabilidad supera el 50%. Y a 80 km/h puede alcanzar niveles cercanos al 90%. Cada kilómetro por hora adicional no suma peligro de forma lineal: lo multiplica.

Por esa razón, los límites de velocidad en zonas urbanas buscan reducir la severidad de los siniestros más que el flujo de tránsito. Bajar apenas unos kilómetros por hora puede marcar la diferencia entre un susto y una tragedia.

La conclusión es simple y práctica: muchas veces esos cinco o diez minutos que se intentan ganar no justifican un riesgo exponencialmente mayor. Ante la prisa, puede ser más seguro avisar que se llegará tarde que pisar el acelerador sin pensar en las consecuencias.