la identidad es eterna

La tarea del Equipo Argentino de Antropología Forense con los desaparecidos de La Perla

La tarea del EAAF se realiza en un predio de 8 hectáreas de la Loma del Torito, en el campo de exterminio de La Perla. Allí, los investigadores recuperan pequeños restos óseos, pero que traen desde el pasado una historia que bajo tierra sobrevivió al intento de ocultar el horror. Las ocho nuevas identificaciones.

“Cualquier cosa mayor a tres milímetros pasa por nuestras manos”, dice Silvana Turner, del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Detrás de ella, la inmensidad de la Loma del Torito hace difícil pensar la medida: tres milímetros en seis mil metros cúbicos de tierra y piedra. Y huesos. Porque acá, en este predio de 300 hectáreas, en el cual se delimitó un área de trabajo de 8 hectáreas específicas, el año pasado se encontraron 1.263 restos óseos humanos, 375 de los cuales se clasificaron como aptos para el procesamiento genético, 91 de ellos se enviaron a cotejo de ADN contra 11 mil perfiles genéticos de familiares de desaparecidos y 30 resultaron en identificaciones de personas hasta ese momento desaparecidas por el terrorismo de Estado en la Argentina.

Tres milímetros. La medida necesaria para que no se escape ni un diente ni un huesillo de una mano o un pie.

La búsqueda, que acaba de sumar otras ocho identificaciones, comenzó en 2004 y recién tuvo resultado positivo 21 años después. La Loma del Torito es un lugar muy cercano al ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio de La Perla. Algún día del año 1979, un gran despliegue de maquinaria y logística removió los cuerpos enterrados aquí y los llevó a otro lado. El trabajo de esas máquinas modificó el terreno del valle, dejando zonas planas donde antes había inclinaciones. Y dejó bajo el sedimento pequeños restos óseos aislados, que ahora se buscan con filtros de tres milímetros para que nada escape a la memoria.

Décadas después, las huellas de esas máquinas dieron testimonio: los especialistas que participaron en esta búsqueda dan cuenta de que en las paredes de las excavaciones salían a la luz las marcas de la maquinaria vial usada por los genocidas. Pudieron determinar el ancho del balde y el tamaño de los dientes de las retroexcavadoras.

Hasta esta zona llevaron los testimonios del teniente coronel Bruno Laborde y especialmente el del baqueano José Julián Solanille. Laborde marcó un lugar distante a cuatro kilómetros (algunos de los investigadores sospechan que fue adrede). Solanille fue mucho más preciso y guió la búsqueda hasta un poco al norte del lugar en el que finalmente se encontraron restos, aun con la dificultad de ser un terreno absolutamente modificado. Gracias a su testimonio, las campañas anteriores a la de 2025 quedaron a pocos metros del resultado positivo.

El conocimiento y el ingenio del geólogo Guillermo Sagripanti, investigador de la Universidad Nacional de Río Cuarto, permitieron precisar aún más la zona de trabajo. “Pensé que había que volver a las tecnologías que había en la época de las desapariciones”, cuenta. El Juzgado Federal nro. 3 de Córdoba —que tiene a su cargo la causa Enterramientos Clandestinos— consiguió una serie de fotos aéreas de 1979 que le permitieron a Sagripanti detectar el terreno que había sido modificado por la gran remoción de tierra que generó la alteración de las tumbas clandestinas en ese año.

A eso le sumó un recurso de artesanía científica: “Recurrí también a un informe del 2012 que hice. Conociendo los caminos internos, la velocidad de los camiones que se usaban en esa época, el tipo de camiones, los testimonios de que el traslado demoraba entre 20 y 30 minutos, empecé a hacer unos semicírculos haciendo eje en el centro clandestino de detención. Tracé dos círculos; el borde de uno de ellos está en ese lugar”.

La mañana del 22 de septiembre de 2025, Anahí Ginarte, exmiembro del EAAF y actualmente antropóloga del Instituto de Medicina Forense (IMF) de Córdoba, estaba junto a Silvana Turner supervisando el trabajo de una retroexcavadora. “Silvana estaba de un lado de la trinchera y yo del otro. El maquinista para, se baja, se tira debajo de la tierra donde estaba sacando, saca dos huesos y se los da a Silvana. Me llama, doy la vuelta, la miro y me dice: ‘son humanos’. Y fue muy emocionante, claro”, relata Ginarte.

Para Mariella Fumagalli, directora programática para Argentina del EAAF, afirma que gracias a estos hallazgos “se pudo verificar que este sí fue un lugar de enterramiento clandestino de personas y verificar la hipótesis, basada en un testimonio solo, de que esos enterramientos clandestinos fueron perturbados y que esos cuerpos fueron llevados a otro sitio, que es otra línea de investigación para el futuro”.

La sillita y el pulpo mecánico

Al borde de la trinchera de seis metros por cuatro y cuatro metros de profundidad que lleva un cartel que dice “Sondeo 2”, hay una de esas sillitas de camping de tres patas que se consiguen en cualquier supermercado. Es viejísima y su tela, gastada, ya no tiene otro color que el de la tierra. “Es la sillita de Silvana (Turner)”, dicen los otros investigadores casi con respeto reverencial. Al lado, en el piso, descansan un cucharín, un hierro del 6 doblado en U, una palita de plástico amarilla común de jardín y un rollo grande de cinta métrica. A menos de 500 metros, bufa una enorme máquina clasificadora de áridos, una suerte de pulpo mecánico con cuatro cintas como brazos que salen de su centro y descartan tierra después de zarandearla, pasándola por filtros de distinto tamaño. Alrededor del monstruoso aparato orbitan tres palas mecánicas y un camión que van sacando la tierra, como si fuera un sistema solar.

El equipo de la sillita y las herramientas y la clasificadora de áridos buscan lo mismo: que nada mayor a tres milímetros se les pase.

La clasificadora de áridos es una novedad. Una empresa la tenía en desuso; el equipo de trabajo consiguió que se traslade a la Loma del Torito en julio y que se busque en la localidad de Despeñaderos al único operario que, por haberla usado durante años, es capaz de mantenerla funcionando, repararla y hacer una regulación especial para que ronronee al mínimo de su potencia, haciendo una zaranda mucho más fina que la habitual para una máquina de trabajos brutos. El único registro de trabajo con este tipo de maquinaria, acorde a los dichos de los especialistas del EAAF, se dio en las Torres Gemelas. Según el juzgado, podría ahorrar años de trabajo, ya que evita el procesamiento manual de un 75% de la monumental cantidad de tierra a procesar. La máquina hace acopios con sus tres filtros: el de treinta milímetros, el de quince y el de tres.

Los tres tipos de acopio de material generados por la clasificadora se disponen en el terreno tapados con nylon negro para evitar la lluvia directa y con una señalética que marca el grosor del acopio y de qué parte del predio proviene. Es ahora cuando llega el turno del zarandeo manual: una decena de operarias de la Cooperativa de Trabajo Roby Santucho —perteneciente al Frente de Organizaciones en Lucha (FOL)— pasa todo manualmente por una malla. Se descartan las piedras y todo lo que pueda ser de interés se guarda en una conservadora de telgopor. Los restos guardados por 50 años bajo tierra viajan al encuentro de unos reactivos que cuestan cientos de dólares en una conservadora igual a la que cualquiera lleva a la playa. Práctico, maravilloso y argentino.

Estela Ávila y Valeria Rojas, de la cooperativa Santucho, son dos mujeres guapas que saben hacer trabajo de obra, carpintería, pintura. Hace unos meses que hacen el trabajo manual con la tierra de la Loma del Torito. “Nuestros padres nos contaron lo que pasó en ese tiempo. Aportar un granito de arena nos hace sentir bien. Es algo que nunca pensamos hacer”, cuenta Valeria. Para Estela, “es una experiencia nueva, que nunca imaginamos”. Por sus manos pasaron algunos de los restos óseos hallados aquí. “Para nosotras es una alegría cada vez que encontramos algo; sabemos que ayudamos a familiares que llevan mucho esperando esto”, suelta Estela. Valeria dice que “es una cosa linda y triste a la vez por todo lo que pasó acá, pero es hermoso saber que muchas familias pueden encontrar a sus seres queridos”.

Una identidad hace aparecer la historia

“El develar una identidad, más allá del valor simbólico y multidimensional que tiene a nivel social, también permite inferir y aportar información supervital para entender qué otras personas pueden estar acá”, comenta Fumagalli. La historia de muchos de los identificados conecta con la de otros desaparecidos y aporta piezas al rompecabezas general de la historia de esos años. “Ya con las primeras identificaciones sabemos que por lo menos este sitio fue utilizado de 1975 a 1978”, subraya Turner.

Dos de los identificados fueron secuestrados en 1975, previo al golpe del 24 de marzo de 1976. Miguel Ceballos, secretario de Derechos Humanos y Trata del Juzgado Federal n° 3 de Córdoba, asegura: “Este predio era un lugar de disposición desde antes de que funcionara La Perla como centro clandestino. Muchos de los casos van dando cuenta de cómo funcionaba el plan sistemático de persecución política. Con la aparición también aparece la historia: de dónde venía, su familia, la militancia, si tenía participación gremial, si era obrero, un trabajador, un estudiante; todo eso nos da una idea de quiénes eran las víctimas, a quiénes elegía el aparato represivo matar y eliminar”.

Las identificaciones realizadas hasta ahora —sin contar las ocho anunciadas en la última conferencia— ya permiten sacar algunas conclusiones preliminares. De los 30 identificados, 13 eran trabajadores, 9 eran profesionales, 6 eran estudiantes y 2 figuran como no especificados. 21 eran hombres y 9 eran mujeres. La mayoría (17) eran jóvenes de entre 21 y 30 años. Los restantes pertenecían a otros grupos etarios (incluso algunos más jóvenes que los anteriores).

La cantidad de restos encontrados permitió la determinación de cinco perfiles genéticos que a la fecha se encuentran sin identificación. Los avances de la genética forense permiten establecer la compatibilidad de perfiles no solo con familiares directos, sino también con otros grados de proximidad: nietos, sobrinos, etcétera. Por lo que las muestras de familiares son fundamentales para esta tarea. Los investigadores convocan a que quienes puedan dar o renovar muestras se comuniquen con el EAAF.

Los resultados positivos de la campaña 2026 aseguran la continuidad del trabajo para el año próximo. ‘La cooperativa’ -como llaman al equipo de trabajo que integran el juzgado, el EAAF y su laboratorio de genética forense, el IMF, la provincia, las municipalidades de Córdoba y Villa María, la cooperativa de trabajo que hace el zarandeo manual, el Tribunal Superior de Justicia de Córdoba, las universidades nacionales de Córdoba y Río Cuarto, el Ejército y la Gendarmería- sabe que en 2027, pasada la época de lluvias, la tarea debe continuar.

Algunas fuentes auguran que incluso podría haber nuevos anuncios de identificaciones antes de fin de año. Fumagalli resume cómo estos hallazgos enfrentan la época: “Había un discurso sonante de fondo de que en esto no había que trabajar más, que era cosa del pasado. Esto demuestra que todavía hay mucho por hacer”.

Un dato es revelador: si las más de 900 trincheras cavadas en la Loma del Torito se pusieran una detrás de otra, harían una longitud de 19 kilómetros. Un trabajo con la distancia suficiente para cruzar casi cualquier ciudad capital del país. Un trabajo que ya tuvo la profundidad suficiente como para cruzar la historia.