hablan especialistas
Meta y Google a juicio por adicción a las redes
La academia habla sobre la causa judicial en Los Angeles. Los efectos similares a la toxicomanía y la planificación algorítmica del estímulo a las compulsiónes.
“Este caso trata sobre dos de las empresas más ricas de la historia que han creado adicción en el cerebro de los niños”. Esta fue la definición que dio el abogado Mark Lanier al iniciar su alegato esta semana en el juicio contra Meta y Google en Los Ángeles, California. El litigio comenzó con la denuncia de una joven de 20 años identificada como Kayley GM, que dice haber tenido graves daños psíquicos –ansiedad, depresión y dismorfia corporal– por el uso de redes sociales desde los seis años. Además otras 1500 personas engrosan la lista de damnificados y querellantes contra estas gigantes tecnológicas.
Página/12 consultó a investigadores que trabajan sobre nuevas tecnologías. Santiago Mazzuchini, doctor en Ciencias Sociales y Lic. en Ciencias de la Comunicación de la UBA, sostuvo que, desde la óptica empresarial, “el diseño de la plataformas tiene como fin que el usuario permanezca el mayor tiempo posible brindando su atención a ese objeto de consumo”, y es por eso que “se ha hablado en este último tiempo de soberanía cognitiva”.
Dada la penetración que tienen los celulares y las redes sociales en la sociedad, esta “captura de la atención” no es difícil de lograr: Andrea Goldin –investigadora de Conicet e integrante del Laboratorio de neurociencias de la Universidad Di Tella– opinó que “con conocer un par de principios acerca de cómo funciona nuestra cognición, te alcanza para delinear más o menos un patrón de comportamiento. Por eso las redes sociales y los videojuegos pueden diseñarse para ser adictivos”.
La adicción en el centro el debate
El juicio de Los Ángeles puede sentar jurisprudencia en el campo de las redes sociales y las tecnologías de plataformas. La jueza del Tribunal Superior de California, Carolyn B. Kuhl, sintetizó el núcleo del litigio: “este caso trata sobre la supuesta adicción de los menores demandantes a las plataformas de redes sociales de los demandados y los presuntos efectos adversos derivados de dicha adicción”.
La presunta adicción es el eje de la discusión, noción sobre la cual declaró Adam Mosseri, director de Instagram –forma parte de Meta cuyo CEO es Mark Zuckerberg– en el marco del juicio. “Es importante diferenciar entre adicción clínica y uso problemático”, se defendió Mosseri y argumentó que “estoy seguro de que dije que era adicto a una serie de Netflix cuando la vi de un tirón hasta muy tarde una noche, pero no creo que sea lo mismo que una adicción clínica”. El abogado querellante dijo que su objetivo era mostrar que “Google y Meta diseñaron deliberadamente sus productos, YouTube e Instagram, para enganchar a los usuarios y hacer que volvieran, no por casualidad, sino a propósito, porque la adicción es rentable”.
Especialistas de distintas áreas coincidieron en que es posible hablar de adicción ante el uso compulsivo de redes sociales, aunque subrayaron la necesidad de pensar distintas dimensiones del contexto social. “Se puede pensar en que el uso de redes sociales y dispositivos tecnológicos pueden producir efectos similares a otros tipos de adicciones o toxicomanías”, advirtió Emiliano Montelongo, psicoanalista de niños y adolescentes: “El uso compulsivo mostraría una falla en la regulación del goce con determinados efectos en el cuerpo y en el lazo con el Otro”.
Julián Gómez Lugo, psicólogo especializado en adicciones e integrante de la organización Vientos de Libertad --trabaja en personas con problemas de consumo--, indicó que “un uso problemático de las redes sociales puede llevar a prácticas adictivas”, pero aclaró que “no es una cuestión que se explique simplemente por el desenfreno de las personas, sino que es una práctica compulsiva que da cuenta de múltiples factores operando en la dinámica social”. Dentro de estas dinámicas mencionó “la profundización en la atomización de las relaciones sociales: hoy en día el lazo con el otro se da entre individuos que se comunican a través de dispositivos tecnológicos, pero en la práctica concreta no dejan de estar solos frente a una pantalla, situación que se reproduce en otros escenarios de la vida como la educación y el trabajo”.
Mazzuchini coincidió en que “puede haber casos de adicción a las plataformas”, y que es una preocupación creciente no solo vinculada a redes sociales sino también al universo de los videojuegos, “en donde algunos fenómenos de ludopatía generan alarma”. También consideró que es importante ser cautos con el uso de estas categorías vinculadas a la salud mental, dado que, en el sentido común, “la palabra ‘adicción’ se usa muchas veces para calificar cualquier uso que los jóvenes hacen de las plataformas. Esa mirada no me parece fructífera, porque patologiza de manera irresponsable y termina siendo moralizante, muy parecida a los pánicos morales que existieron en otros momentos históricos con la televisión o la radio”.
Desde la perspectiva de la psicología cognitiva, Goldin explicó que las dinámicas de los algoritmos de las redes sociales son altamente adictivas, “y encima te las autoadministrás, es decir, tenés libre disponibilidad. Ahí está el gran problema, es una droga a la que accedés ad infinitum”.
Ratones y palancas
Los problemas vinculados a las redes sociales y a los videojuegos están cada vez más presentes en los análisis de niños y adolescentes. Montelongo contó que es una realidad cotidiana de su consultorio: “hay muchos casos de niños y adolescentes que no mantienen relaciones con otras personas más allá de su familia, y que arman comunidades a través de juegos o plataformas como Discord o YouTube”. Y esto no es necesariamente negativo: “Hay situaciones en que, por estructura, el lazo con el Otro se ve dificultado y algo de esta forma de hacer comunidad funciona como posible solución. Pero también hay casos al revés: el uso desmedido de redes, plataformas y juegos viene a romper el lazo con el Otro”.
Uno de los elementos que aparece como el más nocivo son las “recompensas”, presentes en redes en forma de “me gusta” o de visualizaciones; y de premios o dinero virtual en los videojuegos. “Estas dinámicas y juegos interativos con recompensas prometen colmar una falta, pero todo el tiempo la relanzan”, explicó Montelongo. “La búsqueda de reconocimiento del Otro no es algo necesariamente negativo o patológico de un sujeto, sino constitutivo. Pero la aceleración y la alteración del tiempo que producen las redes, puede generar que un sujeto quede atrapado en ese intento de colmar la falta de manera incesante”, profundizó.
Para ejemplificar el modo en que funcionan estas “recompensas”, Goldin citó un artículo de 1958 por James Olds -“Autoestimulación del cerebro”- quien colocó ratas en una caja en la que había una pequeña palanca que generaba una muy pequeña descarga eléctrica en una zona del cerebro de los animales –en el hipotálamo– que les producía placer.
Las ratas rápidamente aprendieron que podían producir el efecto al mover la palanca y empezaron a hacerlo de manera compulsiva: primero dejaron de moverse libremente por el espacio para quedarse junto a la palanca; después se les ofreció comida que ignoraron por preferir esa descarga y lo mismo ocurrió cuando metió un rata hembra en celo. Incluso se puso un malla que les quemaba las patas a las ratas, que toleraban el dolor con tal de seguir tirando de la palanquita.
Es el mismo principio que utilizan las redes sociales. “Nosotros usamos la maquinaria que tiene nuestro sistema nervioso para disfrutar. Para que funcionen, los algoritmos de las redes sociales explotan de manera muy eficaz un mecanismo biológico natural que tenemos, al punto que las personas no pueden parar”, alertó Goldin. Esto se vincula a la atención: “no consideramos a dónde va nuestra atención, que es crucial. Tiene que ver con el manejo y la percepción del tiempo. De esta manera, manipular cognitivamente a la gente es realmente fácil”.
Esta disputa por la atención obtura la posibilidad de aburrirse, “que es lo que permite que la mente encuentre caminos que no tenía antes. Es donde florece la creatividad, el pensamiento lateral, la posibilidad de entender cosas. Cuando estás aburrido la mente empieza a divagar y llegás a situaciones nuevas. Pero eso con los celulares y las redes sociales se vuelve cada vez más difícil”.
Problematizar las adicciones
Si bien la adicción está en el centro del debate, el funcionamiento de las redes sociales puede ser pensado desde múltiples dimensiones vinculadas a los modos de vida actuales: el individualismo a ultranza, la destrucción del tejido social y la precarización laboral. Mazzuchini manifestó que tomar la noción de adicción como categoría central “para entender la sociabilidad digital, termina por despolitizar el problema, porque lo separa del contexto social, cultural y material, y no permite pensar en la acción que pueden llevar a cabo los usuarios”. Advirtió que en lugar de pensar en usuarios “adictos”, “quizás deberíamos preguntarnos qué lugar ocupan las pantallas en nuestra vida cotidiana y qué podemos hacer para usarlas a nuestro favor".
Gómez Lugo planteó algo similar desde la psicología: “La anulación del cuerpo como parte del encuentro con los demás y la fetichización de la propia imagen (no simplemente la reproducción visual sino toda una virtualización del yo y la propia identidad), son una condición necesaria para que sea posible la red virtual”. También lo es la lógica mercantil constitutiva de las redes sociales “que promueven un escenario ideal para que las personas pasemos a ser también mercancías. La fetichización de la imagen cumple un rol fundamental en esto, pues todos debemos ‘saber vendernos’”.
La captación de cada vez más dimensiones de lo social por parte de las redes sociales, para Mazzuchini implica “por un lado que la plataforma se vuelve irremplazable en la construcción de las relaciones sociales. Por otra parte también hay que observar que el consumidor es interpelado por muchas de esas plataformas como productor de contenido”. Y “siempre se invita a tener algo que decir y que mostrar; es un espectáculo que no nos invita solamente a ser espectadores”.